¿Habremos perdido la brújula?

Por Néstor Estévez.
nestorestevez.net

República Dominicana está a punto de cumplir sesenta años en un período considerado como “etapa democrática”. Durante ese tiempo, dos hombres han gobernado un poco más de la mitad.

Eso quizás no fuera indicativo de nuestras fallas en el ensayo democrático, a no ser por las reiteradas demostraciones de vocación antidemocrática que incluyen desde diversos estamentos de gobierno hasta simples organizaciones comunitarias.

Con sus matices y variantes, y hasta con su desprestigio, la democracia parece ser la mejor manera de entendernos en sociedad, siempre que la norma se evidencie con respeto a la diversidad y construcción de consensos, como vía para garantizar sostenibilidad en la dinámica de los conglomerados humanos.

Cuentan que se trata de una herencia griega que data de unos quince siglos. Se explica que “demos” (pueblo) y “krátos” (poder, fuerza o dominio) aluden a ese sistema de gobierno que luego llamaríamos democracia. Mucho tiempo después Abraham Lincoln renovó el concepto al definir la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Pero en República Dominicana nos ha resultado muy difícil aprender a usarla como sistema para entendernos y viabilizar el avance sostenido de nuestra sociedad. Desde oponernos a la reelección, solo cuando se trata del contrario, hasta asumir que solo es dañina cuando se refiere a la presidencia de la República, indican serias desviaciones en la democracia dominicana.

Muchas   veces da la impresión de que se prefiere apelar a algunos métodos de aquellos tiempos que antecedieron a nuestra “etapa democrática”. Por eso no resulta raro encontrarse con aspirantes a cargos electivos –y muchos hasta llegan a ocuparlos – muy propios de los tiempos de Concho Primo. Es así como se ha generalizado la idea de que “si llegué, el Estado debe ser repartido como un botín de guerra”.

Tampoco es raro encontrar que personas aspiren –y muchos también llegan- a cargos cuyas funciones desconocen y, lógicamente, tampoco logran cumplir. Y lo peor es que, aunque se intente con algún “curso al vapor” sobre esas funciones, termina imponiéndose la lógica de ocupar el cargo para obtener lo que se quiere y apoyar a algunos de los suyos a conseguir algo, aunque los métodos vayan reñidos con la moral y con las leyes. Para eso, y para muchas cosas más, se suele “buscar algún bajadero”.

Cada vez menos gente se asombra cuando, desde un delincuente hasta un incapaz, cualquiera resulta escogido de manera mayoritaria para ocupar posiciones para las que el criterio claro y consensuado debiera ser una especie de tamiz antes de postularse.

Tampoco solemos asombrarnos cuando alguien con fuertes vínculos con casos como tráfico de humanos, agresiones sexuales, crimen organizado y otras muchas modalidades para dañar a la sociedad resulta favorecido por la “voluntad popular”.

Da la impresión de que colectivamente se da como bueno y válido que “a las posiciones se llega para hacerse rico y para lograrlo rápido”. Parece haberse conseguido convencer a mucha gente de que “el Estado ni agradece ni guarda rencor”. En una especie de pacto no declarado, y mucho menos firmado, se ha asumido que, dicho en “dominicano”, “to e to y na e na”.

¿Qué pasa con la transparencia? ¿Qué ocurre de cara a compromisos ante la comunidad internacional? ¿A cuáles sociedades tenemos como reales referentes para nuestro avance? ¿Qué ocurre tanto con el consenso como con el respeto a las minorías, como expresiones de madurez democrática? ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a que un escándalo sea sustituido, cuando no por otro, por cualquier efecto que desvíe la atención?

Quizás convenga recordar que el mismo Lincoln que renovara la definición de democracia también nos regaló esta sabia expresión para cuidarla y mejorarla: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Quizás resultaría de valiosa ayuda buscar algo de luz en una advertencia que hiciera Gandhi en su momento, pero que sigue teniendo gran validez: “Una democracia disciplinada e ilustrada es la cosa más bella del mundo. Una democracia plagada de prejuicios, de ignorancia y de supersticiones solo puede desembocar en el caos y acaba destruyéndose a sí misma”.

Autor: Por la Redacción

comunicador, locutor, productor de TV. directivo del SNTP y Adompretur

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